Sangre y Petróleo

(Un capítulo de The Holder of Deliverance)

Buscando…
Archivo encontrado.
Fecha: Dic-16-08
Autor: J. Quincy

Esta es mi última entrada. No he hecho nada más que investigar los Objetos por hace ya un año, y he intentado mantenerme lejos de ellos tanto como me ha sido posible. A pesar de todo, no importa cuánto lo intente, simplemente es imposible. No puedo quedarme como un observador desde fuera. No puedes conocer este mundo y no salir afectado. Fue inevitable.

Obtuve mi primer Objeto hace medio año. Era un Péndulo. Cuando volví de recuperarlo de su Holder, pensé que estaba al borde de la locura. Tuve una crisis emocional cada día, junto a un costante estrés. Mientras pasaba el tiempo, me sentía mejor, pero nunca del todo. Sin embargo, de alguna manera, nunca me arrepentí. Es por el Objeto. Al que ya estoy unido.

Un día, tuve que renunciar a él. Porque estaba siendo seguido por su Holder. Nunca había oído que esto pasara antes, pero ya lo dije antes. No siempre se sigue la fórmula.

Yo me arrepiento de haberlo regalado. Me ha plagado hasta este día. Los otros Buscadores me llaman un cobarde, un aspirante a Buscador, quien teme tanto a los Objetos como para comprometerse realmente. Incluso para los Buscadores, la gente con más mala fama en la Tierra, soy lo más bajo de lo bajo.

Entonces, hoy, un chico vino a mi casa. Estaba buscando el Péndulo. Él lo quería, incluso si la Nieve Blanca lo quería aún más. No aceptaría un no como respuesta. Cuando se fue, dejó un Objeto atrás. El casquillo vacío de una bala, dado por el Holder del Cambio. Lo reconocí instantáneamente. Lo toqué, sintiendo su textura. Me recordó cómo el Péndulo cayó en mis manos.

Entonces supe que tenía que regresarlo. Que tenía que redimirme. Tenía que demostrar que yo estaba, al menos al mismo nivel de escoria que mis compañeros. No importa por quién tenga que pasar, a quién tenga que dispararle, voy a regresar ese Objeto.

Mi nombre es Jules Quincy, y esta es mi última entrada. Desde hoy, soy un verdadero Buscador. Adiós.

No sentí ningún dolor. Sentí vagamente que una bala se habiá alojado en mi pecho, y miré abajo para ver la sangre corriendo por mi camisa, pero no sentí dolor. Aunque mi mente está en las nubes, mi entendimiento de la situación es muy clara. Esto no es como la prueba antes. No voy a despertar totalmente ileso.

Levanté la mirada e intenté entender por qué el Bibliotecario me disparó, pero no puedo ver su rosto con claridad ahora. Cuando intenté dar un paso adelante, el terreno se precipita hacia mí, y ahora lo único que veo es color blanco.

Me cuesta respirar, y hay sangre goteando de mi boca. Me las arreglo para levantar la cabeza para mirar al hombre de pie bajo el árbol, y hago mi mejor esfuerzo para concentrarme en su expresión. Enfoco su rostro lentamente, y está sacudiendo la cabeza, como si yo fuera un niño que metió la mano en el tarro de galletas demasiadas veces.

La Nieve Blanca está de pie allí, con lo que se podría describir como en estado de shock. El Péndulo está colgando de una rama en lo alto. Todavía puedo escucharlo susurrar, y trato de llamarlo con mis pensamientos. No sé si podrá escucharme, pero lo intento tanto como puedo.

Péndulo, lo entiendo ahora. Tú dejaste ese mensaje en el muro. Querías que ella te salvara, incluso si eso significara convertirla en un Holder. Si ella no podía, caerías en dolor. Si me dejas, yo puedo salvarte. Podemos protegernos entre nosotros, por siempre y para siempre.

¿He entendido todo finalmente? ¿O hay algo que aún no sé? ¿Qué fue lo que el Holder del Cambio me dijo? ¿Por qué vine aquí? ¿Qué son los Objetos? ¿Qué…?

Me deslizo. Una extraña sensación de calor está llenando mi pecho, y sólo alcanzo a darme cuenta de que estoy delirando durante unos segundos. Entonces, el calor baña todo mi cuerpo, y me quedo tranquilo. Llévame lejos, agua dulce, a una costa lejana. Estoy feliz ahora.

El Péndulo me habló de vuelta. Ella me ha escuchado. Finalmente, he vuelto. Finalmente, soy bueno para algo.

Sonrío mientras voy a la deriva.

La Nieve Blanca se puso de pie y comenzó a caminar hacia adelante.

“¡Atrás!” gritó Jules Quincy, apuntándola con su arma, y ella se detuvo.

“Mira toda esta sangre a tu alrededor. No eres más que un lío. Sería una vergüenza teñir más esa bonita túnica”.

Sus ojos eran amplios y salvajes, y sus gafas estaban sesgadas. El conocía esta sensación. Era la sensación que tenía cuando se aferraba a su primer y único Objeto. Un anhelo, no, ¡una locura! Él estaba enloquecido por el amor que el Péndulo le dio una vez. Un amor fuerte e infinitamente incondicional. Sólo necesitaba que todos estuvieran fuera de su camino, en primer lugar.

Él miró a Eric y tuvo que reprimir una risa de locura. ¿¡El idiota pensaba que podía ir donde la Nieve Blanca y convencerla que le diera su Péndulo?!

“No puedes detenerme”, dijo la mujer blanca, apretando su brazo. Pero, Jules simplemente se echó a reír.

“No estoy de acuerdo”. El sonido de su arma bañó el jardín. Los ojos de la mujer blanca se ensancharon y miró hacia abajo a su estómago, donde una mancha de sangre se extendía rápidamente desde el agujero de la bala. Con una palabrota silenciosa en voz baja, ella cayó de espaldas en la nieve, sosteniendo su herida.

“¡Eso fue muy fácil!” rió Jules. Dejando caer el arma, él se dio vuelta para hacer frente al árbol, y comenzó a ponerse en pie sobre sus ramas inferiores. El Péndulo estaba diez metros por encima de él, pero podía alcanzarlo en poco tiempo.

Nadie sería capaz de llamarlo cobarde ahora. Se había encargado del idiota y de la temeraria Nieve Blanca con sólo dos disparos. El Péndulo estaba muy cerca, casi a su alcance. Estaba enfermo y cansado. Cansado de ser llamado un cobarde, un ermitaño, ¡o alguien que no tiene las agallas para ser un Buscador! ¡Él se encargó de la mismísima Holder! ¡¿Cómo se atreven a hablar de él de esa manera?! Todo cambiaría pronto. Él sería venerado.

Repentinamente, su mano se deslizó sobre una rama, y casi cayó. Cuando finalmente alcanzó un pedazo de una rama, estaba resbaladiza bajo sus dedos. La rama en la otra mano también se había vuelto inexplicablemente resbaladiza. ¿Qué estaba pasando?

La mujer blanca se puso de pie, sosteniendo aún la herida en su estómago. Había sido reducida, pero el dolor ya se había desvanecido. Si ella no se daba prisa, el Bibliotecario llegaría antes al Péndulo, si no fuera ya demasiado tarde.

Cuando levantó la vista, sin embargo, ella lo vio caer. El árbol estaba cubierto de algo negro. Al mismo tiempo, parecía como si una sombra estuviera cayendo sobre el jardín. La farola cercana parpadeó.

Jules gritó cuando vio el petróleo en sus manos, y comenzó a entrar en pánico. Tan pronto como pudo, cogió dos ramas más con tanta firmeza como pudo, y él ya estaba al alcance otra vez del Objeto. Un repentino viento sopló, y el Péndulo osciló, brillaba por encima de él.

Entonces, las luces se fueron.

La farola se apagó, así como todas las luces en el complejo inmobiliario. Durante unos breves segundos, ellos estuvieron bañados en total oscuridad. El momento duró sólo un minuto, y luego las luces regresaron. El petróleo había desaparecido. Todo parecía volver a la normalidad, a excepción de que el Péndulo ya no colgaba de la rama de un árbol. Jules estaba congelado, aferrado al aire vacío. Miró hacia abajo por debajo de él, horrorizado, sólo para ver a la Nieve Blanca mirándolo, y una depresión manchada en sangre en la nieve, donde el cuerpo de Eric había estado.

La mujer blanca lo miró, con apariencia pasiva, pero por dentro, tuvo que contener el terror que se precipitó sobre ella. Su voz se había ido. Por primera vez desde que recordaba, estaba sola en la nieve. La voz del péndulo ya no gritó: “¡Sálvame!”. Ella sabía lo que el muchacho había hecho. Ella sabía a donde él y el Péndulo se habían ido. Simplemente no entendía por qué. Ella amaba más profundamente al Péndulo de lo que cualquier ser humano podría haber entendido, y ellos se habían protegido uno al otro. ¿Por qué tuvieron que desaparecer juntos?

Miró hacia la depresión donde el idiota había estado una vez, sin palabras y con la mente en blanco. No sentía simpatía, o agradecimiento, sólo una repentina ansiedad y terror. La vida del muchacho había terminado, y el Objeto que había protegido durante tanto tiempo la había dejado para siempre, completamente aislado de ella.

Levantó la mirada y observó su entorno, como si estuviera allí por primera vez. Sobre ella, el Bibliotecario cobarde lloriqueaba en el árbol, demasiado asustado para bajar de su percha. La Nieve Blanca lo miró, y volvió la ira en su rostro. No iba a vengarse por el chico, sino por su propio yo. Expuso completamente la cobardía de Jules Quincy. Caminó hacia la base del árbol. Jules gimió de nuevo.

(Concluye en Liberado)

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