El ojo de la cerradura

Un joven se halla en un viaje de estudios. Está celebrando, pasándola bien con sus amigos. El autobús los había llevado a un antiguo pueblo. Cuando yo digo pueblo no me refiero a un lugar poco civilizado, o casi desolado, pero podría decirse que no estaba mal. Era un lugar turístico, por lo tanto, no era ni tan barato, y por supuesto, ni tan feo.

La gente de allí era bastante educada, y ellos vivían del turismo. Apenas se registraron en el hotel, fueron a la sala de recepción, y tuvieron una gran cena. Y es aquí cuando, conversando en el lobby con sus amigos, escucha durante una conversación con la recepcionista, que hay un cuarto que está completamente cerrado, en el último piso. Es un cuarto al que no le va a permitir entrar ni a él ni a nadie.

Y lo que escuchó a continuación fue una horrible historia de terror envuelta en el manto de una anécdota. Cada hotel tiene su historia, y allí había sucedido algo muy feo, por eso habían decidido cerrar muy bien con candado esa habitación. Tanto había sido el escándalo por ese suceso, que los dos cuartos contiguos también habían sido desalojados para que no estuvieran cerca de ese sito que al parecer, la dueña del hotel no quería que nadie se acercara.

Como la recepcionista era joven, se reunió con los muchachos y les contó esta historia, y les pidió que por favor no se acercaran ahí. Pero qué pasó, qué pasó allá adentro. Es mejor no hablar de ello. Por supuesto el joven hoy explica que él en ese momento atribuyó la superstición de la muchacha como cosa de pueblerino, como una anécdota pueblerina, algo de gente que es más sensible a ese tipo de historias. Él venía de una gran ciudad, así que eso lo volvía más escéptico por antonomasia.

Obviamente, la idea perversa ya había cuajado en su cabeza así que les dijo a sus amigos: “Bueno, vamos a ver al último piso” Pero, ellos que no eran tan pequeños, no les atrajo la idea, ellos querían ir a ver a las otras chicas en el baile, y estar con ellas, así que le dijeron que no sea tonto, que no sea infantil ni inmaduro, que deje pasar eso y vayan a hacer cosas de más grandes. Pero él, quizá por su propia inmadurez, o quizá porque es del tipo de persona que, aunque se encuentre en la minoría, prefiere una buena historia a una buena fiesta, se arma de valor, toma el elevador y va al último piso.

Cuando las puertas se abren de par en par frente a él, casi inmediatamente se arrepiente, porque era verdad: el pasillo estaba todo oscuro. Parecía un lugar en construcción, las únicas luces eran las del elevador, y la de esa ventalla allá al final del pasillo, tras la que se veían las luces del pueblo.

Él se arma de valor, porque no tiene pareja, no tiene novia, no se siente bien en las fiestas, muchos se han sentido en esa situación así que, ¿Qué más hay por hacer? No puede ir abajo como un perdedor ante sí mismo, así que camina, va al cuarto mencionado por el número, lo logra ubicar, saca su teléfono celular y con la luz, de manera inteligente se ayuda y lo confirma: ese es el cuarto que supuestamente está maldito según le contaron, lo que él ya después convencido de que fue muy tonta de su propia parte, fue la pueblerina.

Puso la mano sobre la superficie, y salvo el hecho de que estaba fría, no ocurría nada. Así que se puso de rodillas, acercó la cabeza a la cerradura y vio por el ojo. ¿Saben una cosa? Por dentro, los cuartos tienen ventanas grandes, así que la misma luz que lo ayudó en el pasillo, era la misma que lo ayudaba en el interior del cuarto. Miró a la izquierda: el lugar estaba desvencijado, pero no porque hubieran destrozos, sino porque esta sucio. Era verdad: no había entrado nadie allí por años, se podía ver a simple vista, incluso en las sombras de la oscuridad.

Pero cuando volteó hacia el lado derecho, vio a una mujer desnuda, sentada de espaldas ante una pared, acurrucada sobre sí misma. Podía ver sus cabellos moviéndose, y ella meciéndose. El se asustó muchísimo, así que se levantó, muy a su pesar, hizo ruido, porque gimió, y se fue corriendo por el pasillo, a llamar al elevador.

Pero cuando el ascensor se había abierto de par en par, para recibirlo (y tuvo que esperar los peores 30 segundos de su vida), se giró y aunque había sido llevado por el pánico, se tranquilizó al ver que, sea lo que sea esa señorita que estaba ahí adentro, no lo había seguido, de hecho la puerta ni siquiera se había abierto.

Él dice hoy que no sabe cómo hizo, pero se regresó dentro del pasillo, cruzando los dedos para que nadie llamara al elevador, para que lo estuviera esperando allí, para contar con esa luz extra que bañaba un poquito más el pasillo. Se puso de rodillas otra vez, y volvió a ver a través del ojo de la cerradura.

Esta vez lo único que vio fue algo rojo. Un rojo que cubría todo. Ya no podía ver la cama, ni la ventana ni nada dentro. Sólo algo rojo, plenamente rojo. El ojo de la cerradura estaba bañado por algo rojo y húmedo.

Él no puede ofrecer más detalles porque lo vio por tres segundos, nada más. Se levantó otra vez con miedo, no presa del pánico pero sí con mucho miedo, e hizo algo que se llama ‘corricaminar’ O sea, que vas caminando, pero todavía no con el suficiente miedo como para empezar a correr. Se metió en el elevador y bajó, y acto seguido esperó por más de 40 minutos a la chica que le había contado la historia.

Cuando finalmente ella apareció tras la recepción, para reemplazar a la otra persona, él fue hasta ella y le dijo: “Mira, tengo que hablar contigo”.

“¿Qué pasó?” le pregunta ella.

“Perdón. Pero fui solito hasta arriba, e hice lo que me dijiste que no hiciera. Y ahora estoy muy asustado”

Ella lo miró con mala cara pero con comprensión, como sólo una mujer puede ayudar a un hombre en un momento de horror, en un momento de desesperación. Y le dijo: “¿Por qué hiciste eso? Si eres tonto…”

Y él entonces le replicó: “¿Pero qué pasó ahí?”

Y ella sin entrar mucho en detalle le explicó:
Resulta que en ese cuarto fue asesinada una mujer. Había sido apaleada con tal saña, con tal odio, que lo que antes había sido un rostro humano, ahora no era más que un montón de carne arrugado en un puño. Ya no parecía una mujer. Sin embargo, ella le contó que lo que más se recuerda de esa historia, era que había un detalle en su cuerpo que era más abominable que el resto: Tenía los ojos completamente rojos.

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