La niña de la foto

Un niño muy joven, tenía clases de Matemáticas. Él es muy inteligente, muy listo, buen estudiante. Un poco tímido quizás, pero de naturaleza liviana, cordial. Alguien que, a pesar de su temprana madurez y su brillante intelecto, pasa desapercibido.

Faltaban 6 minutos para que se terminara la clase y él estaba aburrido haciendo apuntes, la profesora no estaba diciendo nada que ya no supiera, y en esa distracción ve por la ventana, pues su puesto queda cerca de la ventana de la sala, y algo llama su atención, cerca de un árbol. Un pliegue, un papel. La clase termina, él toma su mochila y baja muy rápido, con la esperanza de que nadie más encuentre ese objeto tan misterioso que él vio. Consigue su cometido, lo recoge, y ve que en esa foto plegada, al abrirla, le devuelve la mirada la niña más bella que él jamás haya visto, de su edad aproximadamente, de pelo largo, unos ojos bellísimos, haciendo el símbolo de la paz con su mano izquierda. El chico empieza a hacerse preguntas razonables, su mente ya no está preocupada por jugar videojuegos, ni por salir afuera, ni por Internet siquiera; la niña de la foto es dueña de todos sus pensamientos.

Tanto es así que al día siguiente, con la foto en mano y con la esperanza de, que por algo fue que la encontró cerca del colegio, comienza a preguntarle a sus compañeros de clase: ¿Has visto a esta niña? Todos les dicen que no. Llevado por la desesperación incluso se acerca a sus profesores, a los que jamás les habló fuera del salón: ¿Señor, usted conoce a esta niña? ¿Profesora, ha visto a esta niña? todos le dicen que no.

El muchacho se encuentra devastado, ante el hecho de que haber encontrado esa foto de una niña de su edad en el colegio no fue más que una coincidencia. Pero esa noche, y habiendo invertido muchas horas del día pensando en esta chiquilla, él se despierta en la madrugada, gracias a unas risitas, unas risitas de niña. El muchacho está muy atemorizado, obviamente. Es tan así, que se queda arropado hasta la boca, y no se levanta.

Al día siguiente, cuando se despierta, tiene muchas cosas en que pensar, es imposible no relacionar una cosa con la otra, ¿verdad? Lo que pasó anoche con la foto de la niña. ¿Será una coincidencia? No lo creo, las risas eran de niña. La obsesión lo puede más que cualquier otra cosa, foto en mano va donde su hermana: ¿De casualidad, así un tiro al aire, has visto a esta niña? No.
El niño entonces va y toca la puerta de las casas de los vecinos ¿Ud. ha visto a esta niña? No. La búsqueda cada vez se muestra más patética porque es improbable, pero él está obsesionado y enamorado de la niña de la foto.

Fue un día muy triste para él, así que se va a la cama y nuevamente, en la madrugada, lo vuelve a despertar la risita de la niña, y él vuelve a pensar: ¿Será ella? Está aterrorizado, pero quizá un poquito menos que antes. Y es entonces cuando, en esta encrucijada humana, el miedo se las ve contra la obsesión, y ésta última gana. El niño se levanta, y se asoma por la ventana, porque a pesar de que no sabe de dónde proviene la risa, algo es seguro: provienen de afuera. Se asoma, ve, y escucha un poco más fuerte. Decide jugársela ante lo desconocido y baja las escaleras despacio para no despertar a su familia, abre la puerta de la casa con las llaves y sale.

Hace mucho frio, y vuelve a escuchar más fuerte, lo que lo obliga a salir un poco más, a ver si logra ver de dónde proceden. Las vuelve a oír una vez más, en esta ocasión lo llevan a la calle, y afuera, las luces de un auto le alumbran la cara y lo atropella. Muere instantáneamente, su cuerpo rueda por el parabrisas y salta, y cae aparatosamente sobre un charco de sangre que se hace cada vez más grande. El conductor, que está ebrio, frena bruscamente, se baja del auto con el corazón en la garganta, se arrodilla ante el niño y toma su mano, para quitarle la fotografía que tiene. En su desesperación, el conductor mira la foto, y resulta ser de una niña bellísima, de su edad, haciendo un número tres con su mano izquierda.

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